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Pero, ¿Qué sucede en la relación entre feminismo y espiritualidad? ¿Qué pasa con el lugar de lo femenino, lo masculino y la espiritualidad? ¿En dónde se ubican los varones? ¿Qué podemos aportar a todo esto?
Al indagar en la relación entre feminismo y espiritualidad, podría decir que, por un lado, hay ciertas líneas del feminismo que ponen el foco en las condiciones materiales de desigualdad y, de algún modo, subestiman todo lo que tiene que ver con los sentires y la experiencia cotidiana de las mujeres. Una mirada crítica que no puede salirse de observar lógicas de dominación y resistencias, sin contemplar, realmente, qué sucede más allá de eso. Dentro de estos grupos se ha cuestionado, también, la división entre energía femenina y energía masculina (muy utilizada en los ámbitos del yoga) considerando que no hace más que reforzar estereotipos donde lo femenino queda vinculado a lo sensible, a la creación, a la apertura; y lo masculino a la acción, a la voluntad, a la potencia. Cualidades que, más allá de cómo las denominemos, están presentes en todas las personas, sin importar su género.
Por otro lado, y estoy siendo muy (muy) esquemática, existen corrientes dentro del feminismo que han empezado a reivindicar el lugar de la mujer y su conexión con la naturaleza, con el linaje, con todo lo que tiene que ver con conectar con nuestro yo más sensible, más consciente, más femenino. Entre estas, los discursos new age, encontraron un nicho de expresión. Las terapias de sanación del útero, la alimentación consciente, la conexión con el ciclo lunar, la menstruación sustentable, el contacto con el cuerpo, el auge de la astrología, la conexión con el universo y la transformación a partir del encuentro entre mujeres son algunas de las prácticas que se me vienen a la cabeza sin googlear ni pensar demasiado.

Pero, entonces, ¿qué pasa en el vínculo entre espiritualidad, mujeres y feminismos? No podría negar la relación que existe. Pero lo que me gustaría es aportar algunos interrogantes a esta relación. ¿De qué hablamos cuando hablamos de espiritualidad? ¿Es posible poner estas dimensiones en el mismo nivel? ¿Está bien adjetivizar de feminista a la espiritualidad?
Creo que uno de los mayores inconvenientes es que muchos de esos discursos donde la espiritualidad se entremezcla con el empoderamiento femenino tienen un punto de partida que poco tiene que ver con lo que entiendo por crecimiento espiritual. Es decir, cuando planteamos el camino de la liberación o el desarrollo personal lo hacemos desde un lugar que apunta a salirse del dualismo (en todos los sentidos) en el que estamos atrapados en nuestro día a día: lindo/feo, bueno/malo, sagrado/profano, femenino/masculino.
El desarrollo de la espiritualidad nos propone una mirada más abarcativa de la vida en general y, en este caso, no sería pensar qué podemos hacer para sentirnos más mujeres, más sororas, más fuertes o menos débiles, sino justamente empezar a accionar en pos de una sociedad en la que las mujeres, los varones, las identidades LGTQBI+ podamos reconocernos como personas más allá de nuestras autopercepciones. De este modo, si bien no podemos negar que todas las prácticas que hoy abundan en los ámbitos femeninos aportan al desarrollo de nuestra individualidad y, seguramente, nos hacen sentir mejor; nos permiten comprender trabas y mambos personales; nos dan fuerza para salir de vínculos violentos; no deberíamos creer que es con eso con lo que vamos a transformar nuestras realidades (o, mejor dicho, construir un mundo más liberador).
A su vez, algo que debo decir, es que necesitamos que estas prácticas y estas reflexiones se hagan extensivas al mundo de los varones. Si hay un posicionamiento histórico, si hay roles que siguen vigentes, empezar a transformarlos implica que no solo nosotras nos cuestionemos sino que también los varones empiecen a observarse, a conversar, a poner en debate los costos y los privilegios que esta masculinidad hegemónica les ha impuesto. Si queremos generar nuevos modos de vincularnos, si queremos relaciones donde nadie se sienta tensionada/o, presionada/o, violentada/o, necesitamos que entre todas/os empecemos a construir esos espacios, dejando de lado miedos, mezquindades, prejuicios.
¿Pero cuál es el modo de hacerlo? Claramente no hay recetas. Pero sí, me animo a decir, necesitamos vincularnos más con nuestro deseo y con el disfrute que genera cada encuentro, esos donde la sinceridad es la que prima y nos dejamos ver tal cual somos. No estamos acostumbradas/os. La mayor parte del tiempo nos la pasamos poniéndonos caretas, generando armaduras, construyendo imágenes de nosotras/os mismos que nos permitan adecuarnos a lo que los espacios o los vínculos “permiten” y, así, nos vamos recortando cada vez más. Lo que mostramos, el modo en que nos relacionamos, tiene cada vez menos que ver con nuestro deseo y más con lo que (muchas veces suponemos) las/os otros esperan.
En este sentido, tenemos un gran desafío por delante: transformar los modos en que nos vinculamos, y eso no es ni más ni menos que transformar nuestra mirada del mundo. Si cuando incorporamos la perspectiva de género decimos que “nos ponemos las gafas violetas”, acá lo que tenemos que hacer es buscar otras gafas que nos permitan mirar el mundo de manera amplia. Una mirada que nos permita transformar nuestro modo de accionar, en cada lugar que habitamos, en cada espacio, con cada persona con la que nos cruzamos. Es solo a través de la interacción con personas o entornos que nos friccionan que podemos ver dónde estamos paradas/os, dónde quisiéramos estar y, principalmente, es ahí donde se pone en juego nuestra potencialidad de hacer algo nuevo, de invitar a las/os otros a co-construir un mundo donde podamos ser un poco más libres.
Tenemos que seguir trabajando en el desarrollo de nuestra individualidad, en el reconocimiento de las energías que nos constituyen, en identificar -por ejemplo- en qué momentos nos plantamos desde un lugar de debilidad o de rigidez, en qué situaciones buscamos vínculos que nos protejan y contengan y cómo nos posicionamos frente a ellos. Reconocer dónde estamos posicionadas/os internamente nos permitirá trabajar con nuestra propia realidad, preguntándonos qué es lo que nos sostiene, cuán creativas/os nos animamos a ser, cómo y de qué nos nutrimos y, desde ahí, hacernos cargo de nuestra propia vida, con sus debilidades y fortalezas; y sin perder de vista que todas/os tenemos la potencialidad del crecimiento.
Esto, vale decir, no es un ejercicio sencillo y requiere de mucho esfuerzo y atención. Sin embargo, cuando podamos dejar de mirar nuestro propio ombligo, cuando podamos hacer un poco de zoom sobre nuestra realidad concreta, cuando podamos ver que somos unas/os afortunados por poder estar haciéndonos estas preguntas, en vez de quedarnos regocijándonos en nuestro empoderamiento, levantemos la mirada un poco más y construyamos un mundo en el que la división sea tan solo el camino hacia un espacio amplio e inclusivo. Ese espacio donde hay lugar para todas/os/es.
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